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Residencia: Otras memorias de la madera en Neltume Panguipulli - Neltume - Museo de la Memoria de Neltume, Los Ríos - 2018 Residente: Colectivo Catrileo+Carrión
Publicado: 30 de octubre de 2018
Contactos sonoros: sonidos, voces y recorridos

I

Durante este tiempo hemos profundizado en reflexiones sobre la representación, sobre la visualidad, sobre las imágenes. En específico estamos reflexionando sobre la imagen del otro, de la otra. En nuestra práctica artística hemos tenido una predilección por la memoria, por aquellos relatos que han quedado subsumidos como un apéndice del relato oficial, hegemónico, y por tanto patriarcal y colonial. Sin embargo, no siempre hemos trabajado la memoria desde una perspectiva exclusivamente humana. ¿Qué quiere decir esto? ¿Acaso la memoria es solo humana? ¿Qué pasa con las cosas, los objetos, los materiales? ¿No son también estos elementos no-humanos, aquellos que nos afectan, facilitan, provocan, conmueven? En este sentido vuelve a aparecer nuestra predilección por una declinación política atenta y sensible a lo no-humano. Sin embargo, el poder que la palabra tiene de intervenir el tiempo del video, el tiempo de la fotografía, el tiempo del arte, nos resulta de una belleza radical, que nos hace seguir insistiendo en un contacto humano con las memorias.

No podemos salir de nuestra humanidad, estamos atrapadxs en nuestra duración humana, pero en los relatos y palabras de quienes han quedado invisibilizadxs también emerge la experiencia de limitar con la representación. Quienes no hemos tenido voz, somos también quienes no hemos encontrado un lugar en la representación. Esa imagen no soy yo, no somos nosotras. ¿Existe un vínculo ontológico entre representación y humanidad? Nuestra intuición es que la humanidad es una construcción, un imperativo moral, que como toda pretensión de universal posee un anverso hegemónico de codificación: la humanidad como abstracción está habitada por un ideal regulatorio de lo humano. Este ideal responde a los valores modernos/coloniales, los mismos que reconoce que lxs americanxs tenemos alma hace aproximadamente 500 años.

¿Cómo desviarnos de la representación sin perder la potencia de la memoria anudada en la palabra? El sonido, lo audible, surge así como un territorio de exploración posible para reflexionar sobre las imágenes, territorio de acción que por ahora nos tiene ocupadxs experimentando las posibilidades que podemos articular junto a las participantes de la comunidad de trafkin kimün witral.

II

Mientras recorremos el pueblo visitando algunas casas donde nos han señalado que habitan personas interesadas en el proyecto, vamos tomando registros, algunos videos cortos del agua, algunas fotos de los árboles. Decidimos desviarnos de nuestra ruta hacia la entrada del pueblo pues estamos explorando sonidos, ruidos y tramas auditivas que nos permitan comprender lo sonoro en una dimensión compleja y delicada. Nos acercamos al salto del Huilo, precisamente a la entrada de la mega empresa turística Huilo-Huilo. Nos quedamos veinte, treinta, cuarenta minutos contemplando el agua fría caer rápida y violentamente por las rocas. Tratamos de captar la frialdad en el video y el ritmo gélido en sonido. Caminamos mientras aprendemos a desplazarnos con el sonido, muy distinto movimiento al de la filmación para imagen-movimiento. El sonido, el querer captarlo, construye otro cuerpo para nosotrxs, nos obliga a no tener cosas metálicas en nuestros bolsillos, a mirar el suelo donde pisamos y a evaluar la densidad de los materiales cercanos. Nos damos cuenta que la materialidad del sonido es pura relación: cada sonido se escucha una única vez, como una vibración relacional de los vínculos temporales que se enredan entre onda y partícula.

III

Ya camino al hogar, y luego de haber conversado con algunas futuras participantes, escuchamos un sonido y vimos unas luces que resuenan en nuestras memorias con fuerza. Se trata de una patrulla de carabineros acercándose hacia nosotrxs. Un tanto nerviosxs continuamos nuestro camino en silencio. Ellos solo pasan lentamente cerca de nosotrxs y continúan su camino. Esta corresponde a la décima vez que nos encontramos con una patrulla en nuestros recorridos. Nos dirigimos, antes de llegar a casa, al Centro Cultural Museo y Memoria de Neltume, para contarles nuestra preocupación, allí nos dicen que a todas las personas asociadas al Museo las siguen, las vigilan y más aún si se trata de algo respecto a la cosmovisión mapuche. “Pongan un recurso de protección”, nos dicen. Nos vamos a casa un tanto inquietxs. Entramos a nuestro hogar y vemos los afiches de protestas por el asesinato de Macarena Valdés que nos regalaron en el encuentro de movimientos sociales el sábado pasado. Guardamos silencio, no comentamos nada entre nosotrxs, pero comenzamos a ordenar nuestras cosas, a revisarlas cuidadosamente. Tenemos miedo.

IV

Preparamos la once, mientras llamamos por celular una a una a las mujeres que nos dejaron sus contactos, o nos dieron los de otras amigas y vecinas que podrían estar interesadas. En esa conversación, en esa voz que suena al otro lado del celular, encontramos interés, afecto y mucha ganas de compartir. Muchas de ellas no nos conocen, pero de inmediato se sienten convocadas y comprometidas. Nos demoramos en conversar pues nos resulta fundamental salir de las lógicas asistencialistas del taller, para que puedan tomarse el espacio y comprometerse. Mientras levantamos la mesa y lavamos la loza de la once, podemos ver cómo ya se ha oscurecido el pueblo, casi no queda luz. Dentro de esta oscuridad resulta imposible confundir las balizas de una patrulla de carabineros que decide estacionarse durante 2 horas fuera de nuestra casa. Lxs tres estamos sentadxs en el comedor con la luces de la baliza moviéndose frenéticamente por nuestros rostros. Ese contacto entre piel y luz se siente como un golpe duro, como una interpelación que nadie puede escapar. Ningunx habló ni se movió, el tiempo nos pareció una eternidad mientras experimentamos la vigilancia de carabineros.

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