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Red Cultura
Residencia: Confines, donde navegan los tiempos… Cabo de hornos - Puerto Williams, Magallanes y Antártica - 2017 Residente: Viviana Silva Flores
Publicado: 16 de Septiembre de 2017
Ese frío silencio….

Hace varios días publiqué en Facebook que había llegado hasta aquí, al confín, y mi amiga Bélgica me comentó en mi estado: Disfruta de ese frio silencio. También abriga.

Fue curioso, porque desde que llegué a este lugar o, tal vez desde antes, pienso en ello, en el silencio e intento con él abrigarme, pero cuesta…

Este año la residencia en términos personales y emocionales ha supuesto un reto mucho mayor para mí. Por primera vez en siete años vengo a Chile de manera indefinida y esa sensación de incertidumbre provoca que mi cuerpo esté, como hace unos días contaba, arriba de una lancha, mar adentro, subida en el vaivén de las olas y el viento. Madrid ha sido todos estos años mi casa, mi hogar y creo que esa increíble ciudad que no descansa, ha viajado conmigo.

Hace muchos años que no tenía esta sensación, en realidad, esta es la segunda vez y ambas han sido ligadas a lo mismo. Irse de Chile, volver a Chile.

La sensación de desarraigo es brutal, de desencaje, de soledad, aunque estés rodeada de bellas personas y sepas que no estás sola, hay un vacío ligado a esa percepción de no tener lugar. Si bien, es emocionante reencontrarse con la familia, con los colegas y amigos de siempre y venir ilusionada con el trabajo, nada es como “siempre”. Todo ha cambiado: la gente ha cambiado, la ciudad ha cambiado, los amigos han hecho su vida evidentemente, y yo, quizás sobre todo yo, he cambiado. Por ello, está siendo duro empezar a readaptarme.

Como antes de venir a Puerto Williams a realizar la residencia intuía que podría tal vez vivir estas emociones, pensé que vivirlo “a concho”, en el asentamiento urbano más austral del planeta, con un clima subpolar oceánico de en promedio 6º grados de temperatura media anual,  sería una oportunidad fantástica para de verdad desconectar de las grandes urbes y, a la inversa, para conectar con ese frio silencio, con el interior, ese que muchas veces dejamos de lado, cuando debiésemos a él estar más atentos. La noción de soledad y desarraigo, la falta de un lugar, de una habitación propia diría Woolf, es una sensación dura que espero me haga crecer y ser más fuerte. Escuchar el silencio en un lugar como este. Escuchar el viento, el fuego dentro de la cabaña, las chispas activadas dentro de la bosca con el viento que las sopla, espero me ayuden a encontrar mi lugar. Porque ahora sólo sé que no tengo claro dónde ni cuánto tiempo estaré… Quizás estar en la isla Navarino me lleve a buscar un nuevo horizonte. Quizás a volver a mi Madrid querido, tal vez, a ninguna parte, quién sabe. Espero al menos que, como dijo Bélgica, este frio silencio me abrigue.

 

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