MINISTERIO DE LAS CULTURAS, LAS ARTES Y EL PATRIMONIO

BitácoraResidencias de arte colaborativo

Red Cultura
Residencia: Proyecto Ayni Camarones - Esquiña e Illapata, Arica y Parinacota - 2018 Residente: Patricia Albornoz Ramírez (Patiperra Audiovisual)
Publicado: 11 de noviembre de 2018
No todos los caminos conducen a Laguna Roja (parte 2)

“Don Dago” nos dijo que debido a la poca presencia de personas, cada vez se expandía más el territorio que abarcaban los burros salvajes, e incluso la misma huella tropera se confundía por los varios caminos que trazaban estos animales.  Esa fue una de las causas que nos hizo salir del camino ancestral, para continuar por “la huella” para vehículos, la que si bien es más segura, también se desvía del camino original, aumentando el tiempo de llegada a nuestro destino.

La noche fue fría, pero pudo ser peor, amanecimos con una fogata que había hecho “Don Dago” y nos dispusimos a levantar campamento para emprender rumbo al tranque Caritaya, que ahora con luz podíamos apreciar lo cerca que estaba y lo grande que era.

Ya en el tranque vimos los vestigios del antiguo asentamiento que vivió en ese sector, durante la construcción del tranque, que remonta de 1932, en el sector vivió la señora Margarita Gaviño, vecina de Illapata, la que con pesar siempre cuenta que perdió a 2 de sus hijos cuando un temporal le derrumbó su casa, y a ella la dejó muy mal herida.

Luego de comer y abastecernos de agua, seguimos rumbo a la Laguna Roja, según mapa desde el tranque no eran más de 3 horas.  El sol se sentía más intenso que el día anterior, rodeamos todo el tranque que en partes se convertía en salar, pudimos apreciar la fauna nativa: Parinas, Vicuñas y más burros.  Con el pasar de las horas y sobre los 3.200 msnm. comenzaron a aparecer las yaretas, que son una especie de la flora andina, y que en Chile está protegida por encontrarse en peligro de extinción.

Luego de 5 horas de caminata bajo el intenso sol, llegamos al refugio “Amullo” perteneciente a la comunidad de Mulluri, justo al otro lado del cerro se encontraba la Laguna Roja, sin embargo el cansancio era mayor, y decidimos ir al día siguiente a conocerla, también esperanzados en encontrar a alguna persona de la comunidad, pues hasta ese momento no nos habíamos topado con nadie, las casas estaban vacías y no teníamos señal telefónica.  Para ese momento volver a Esquiña a pie era una utopía, algo que planificamos desde el desconocimiento, y nuestra opción hasta ese momento era esperar a algún turista que fuese a visitar la Laguna Roja o las personas de la comunidad que administraban el ingreso a la laguna, y que eran conocidos de don Dagoberto.

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