MINISTERIO DE LAS CULTURAS, LAS ARTES Y EL PATRIMONIO

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Red Cultura
Residencia: Otras memorias de la madera en Neltume Panguipulli - Neltume - Museo de la Memoria de Neltume, Los Ríos - 2018 Residente: Colectivo Catrileo+Carrión
Publicado: 10 de enero de 2019
El Sendero de la Guerrilla: un encuentro con el dolor, la historia y la alegría

Nos levantamos muy temprano y con mucho frío. La noche anterior había granizado, con fuertes vientos y lluvias gélidas que nos hicieron volver por unos días al invierno, teniendo que salir a buscar leña, y estar siempre atentxs al abrigo. Pero a pesar de esto, el entusiasmo, la curiosidad y el compromiso que adquirimos para hoy, eran más que suficientes para tenernos en pie y listos muy temprano.

Angélica Navarrete, la directora del CCMMN, nos había invitado hace unos días a subir a visitar los restos de los campamentos del destacamento Toqui Lautaro, guerrilla de resistencia contra la dictadura de 1981, organizada por una facción del MIR. Todos los años, durante el primer fin de semana de febrero, las socias y socios del Museo así como los integrantes de los comités de memoria 81, hacen una subida hacia los lugares demarcados como el Sendero de la Guerrilla, compuesto en su totalidad por 6 memoriales. Se trata de un circuito recuperado por los familiares y amistades políticas para recordar, es decir, un sendero-camino por la memoria.

La invitación surgió gracias a que un equipo audiovisual de la Universidad Austral se encontraba realizando una investigación sobre museos comunitarios, donde la perspectiva de contenidos es propuesta por cada equipo interno, no impuesto por objetivos externos. Dentro de este contexto, el equipo del Museo propuso la subida al campamento como una de las acciones claves. De modo que nos invitan pues hemos estrechado lazos de colaboración con las personas que integran el CCMMN. Salimos cerca de las 9:00 am en una van por la carretera, tomando el camino hacia Remeco Alto. Rápidamente el camino se inclina mucho más de lo que estamos acostumbradxs. Todxs muy abrigadxs y en silencio, vamos compartiendo un mate, conociéndonos. En la van está de conductor Edgardo (el hijo de nuestro amigo artesano llamado de la misma forma), Angélica, Anita, Neftalí (pareja de Anita), Yaneth, Juana y nosotrxs tres (Constanza, Antonio y Manuel). Pero también van los padres de Anita, quienes conocen de cerca la historia de la guerrilla, pues el padre de Anita es un sobreviviente del destacamento. La subida a los campamentos de la guerrilla tiene como objetivo lograr entregar un relato audiovisual en el territorio mismo, por ende, detrás de nuestra van viene un automóvil con el equipo de cuatro personas que vienen a filmar.

El viaje en auto duró cerca de dos horas, donde cada vez nos internamos más y más en la selva cordillerana. Una humedad increíble nos recibe, casi tanto como el alto de los coigües y raulíes centenarios que vamos encontrando. Durante estas dos horas fue inevitable que rompiéramos el hielo, que nos hiciéramos bromas y también compartiéramos nuestras historias. Finalmente, el chofer nos dice que vamos llegando, pues ya estamos a la entrada del predio de Petermann, pues también es dueño del territorio donde se encuentran los vestigios de la guerrilla. No sabemos si existe un acuerdo implícito para que las delegaciones gestionadas por el CCMMN puedan circular libremente por el sendero, pero parece ser el caso, ya que el sendero está bien marcado, además de contar con los típicos chucaos amarillos de plástico que se pueden encontrar clavados en los árboles en todo territorio que le pertenezca al empresario turístico Víctor Petermann.

Descendemos de la van y nos encontramos con un coigüe que solo podemos describir como colosal, inconmensurablemente enorme, con una hermosa vejez marcada en sus surcos que somos capaces de ver a metros y metros de distancia. Angélica nos llama a todxs a la entrada, cerca del coigüe. Nos dice que por tradición cuando se entra al sendero, se le pide permiso y protección al coigüe, pues en todos los testimonios históricos que existen, el coigüe enmarca los relatos como un ritmo que descompone también el tiempo. Porque hoy nos encontramos otra vez frente al coigüe, a punto de empezar el camino, en un tiempo distinto, que sin embargo nos conecta materialmente con 1981.

Angélica le pide a Antonio decir algunas palabras para comunicarse con los ngen del lugar. Nos emociona darnos cuenta que en el CCMMN nos perciben como un equipo sensible y atento a nuestras prácticas mapuche, y que con sumo respeto nos integran a sus lógicas de conmemoración y nos entregan el espacio de autonomía espiritual-política. Antonio entonces le dice a Angélica que Constanza es también una lamgnen poderosa y capaz de conectarse con el espacio de la misma manera, y que él prefiere que ella se tome la palabra. “Mari mari pu lamgnen, mari mari kom pu che”, comienza Constanza, para luego pedirle al coigüe que nos guíe, que no nos deje caer, que nos permita volver. También le ofrece nuestros respetos, nuestros objetivos del sendero que vamos a emprender y finalmente saluda al viento, a la tierra y al agua que nos rodea para que sean clementes y nos orienten, pues venimos a hacer memoria, a hacer un ejercicio de cariño y compromiso con nuestras historias políticas, que hoy tienen un correlato en los acontecimientos recientes sufridos por nuestro pueblo mapuche.

Avanzamos en fila por el sendero marcado. En medida que avanzamos, la helada sobre la hierba y las plantas que tocamos nos dan una sensación de frío, a pesar del sol que se avecina, derrite muy lentamente el hielo. Luego de un rato de camino, el hielo se convierte en rocío y el sendero se va desdibujando en medida que nos vamos mojando en el contacto con la vegetación. Las plantas de coligüe, maquis, raulíes, canelos, coigües y demás, van tomándose los senderos como pequeños brotes que borran el paso humano y declinan esa intervención como una posibilidad de producción vegetal de la vida. Nos llama tanto la atención la velocidad de los distintos verdes del bosque selvático cordillerano. Las longitudes de la vegetación, las temperaturas de los distintos follajes densos y las humedades sensibles a la iluminación que experimentamos. Tomamos algunas fotos tímidamente, pues nos invadió un sentimiento de respeto profundo por el recorrido, por el dolor que conocemos se vivió acá, por la multiplicidad de vidas que vemos, por los insectos, arañas y pájaros que no paran de anunciar nuestra llegada; pero también nos sentimos conmovidxs por la alegría, las risas, las manos que ayudan a otras a bajar por senderos difíciles, los silbidos y gritos que el padre de Anita hace mientras recorre este lugar. Luego nos enteramos que esta era la segunda vez que él visita el sendero luego de sobrevivir a los disparos de las fuerzas represivas de la dictadura cívico-militar.

Llegamos al primer asentamiento luego de una hora de caminar por la selva. Descendemos un poco por la pendiente de la montaña para encontrarnos con una placa en madera con los nombres de los asesinados. Podemos ver un hoyo con restos de construcción, latas de aceite, velas a medio quemar, flores de plástico y coligües secos. Se trata del asentamiento donde se encontraban acampando el día que fueron descubiertos por las fuerzas militares.

Escuchamos cerca de una hora en silencio el relato, de cómo fue, cómo huyeron, cómo era el clima, el ruido y el frío de esos momentos. También escuchamos la alegría y esperanza, la solidaridad puesta en práctica mediante una ideal que podemos ver que aún hoy sigue vivo en este relato. Es imposible no conmovernos, y entre nosotrxs es Yaneth la que se siente más tocada, pues Camilo era su hermano caído en este lugar.

Mientras la cámara filma el relato del sobreviviente, Yaneth se conmueve y se aparta. Nosotrxs vamos a apoyarla, a hacerle cariño, a escuchar su dolor y a darle fuerza. Nos cuenta que ella ahora se ha reconciliado con su historia familiar, y que siente orgullo de su hermano, que ha ido conociendo más en detalle las labores, la manera en que vivía su hermano sus ideales políticos. Nos cuenta que su madre no alcanzó a conocer esta dimensión testimonial de su hermano, y eso la entristece mucho, pues Yaneth cree que si su madre hubiera tenido acceso a esos relatos, podría haber calmado ese profundo dolor que significa perder un hijo. Dolor que la acompañó hasta sus últimos días.

Yaneth nos lleva hacia un lado, nos alejamos de la escena del relato, donde se está filmando. Nos dirige hacia un tronco con unos clavos oxidados, y nos muestra con sus manos y su mirada estos clavos corroídos por la humedad y el paso del tiempo. “Aquí me dicen que maestreaba el Camilo”, nos dice Yaneth, tratando de no quebrarse. “Estos eran sus clavitos”, dice mientras los toca, conectándose con lo que queda de su hermano, de sus prácticas y de su alegría. Como andamos con el equipo para registrar, le ofrecemos a Yaneth sacarle una foto con los clavos para su recuerdo. En la foto es imposible no ver la alegría y cariño que comunica su mirada, de estar ahí posando en una foto, que busca anular el tiempo, que busca conectarse con los caidxs, con Camilo y tantxs otrxs.

Nos movemos al segundo asentamiento, que correspondía a un depósito de alimentos subterráneo. Aquí nos detenemos otro buen rato, el equipo de la Universidad Austral saca su dron, sus cámaras y registran todo aquello que les parece interesante. Nosotrxs escuchamos y observamos mientras bajan al pequeño depósito. Nos cansamos, nos sentamos y comenzamos a mirar las plantas y árboles. Al tratar de volver, nos perdimos un par de veces, pues las bifurcaciones abundan y los senderos y caminos están siempre luchando con la borradura vegetal de la dispersión verde. Descendemos rápido. El camino se contrae al regresar. El bosque nos expulsa amablemente hasta el majestuoso coigüe de la entrada. Nos despedimos colectivamente, conversamos y reflexionamos sobre los que vivimos. Agradecemos profundamente a la montaña y en específico nosotrxs le agradecemos a Angélica y la Universidad Austral por considerarnos e invitarnos.

El descenso es silencioso, el cansancio y la emotividad nos ha inundado a todxs. Volvemos al pueblo llenos de imágenes del pasado en nuestras mentes, con sentimientos profundos e intensos respecto a las maneras de vivir que hoy tenemos, ya de vuelta en nuestro hogar, nos cuestionamos cada unx por el presente y la pregunta desemboca en una orilla que conocemos muy bien, pues ha sido central para nuestro quehacer durante estos últimos 4 años de trabajo: ¿cómo nos reunimos a pensar y practicar otros mundos posibles?

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