MINISTERIO DE LAS CULTURAS, LAS ARTES Y EL PATRIMONIO

BitácoraResidencias de arte colaborativo

Red Cultura
Residencia: Apuntes para nombrar una huerta en Mataquito Hualañé - La huerta, Maule - 2016 Residente: MUCAM + NODO
Publicado: 30 de noviembre de 2016
Completada fílmica

Miércoles. El día comenzó temprano, sin ducha. Un par de chupadas de mate pelado y partimos junto con Pastor hacia la escuela. Tuvimos una actividad extra con los alumnos del taller de pintura “La Huerta Imaginada”. Fuimos al cerro La Virgen, que está al frente de la escuela, con un grupo de 23 niñas y niños de 4 y 5 básico. La idea era salir a dar un paseo y poder observar el pueblo desde la altura. Nos acompañaron la directora, Verónica, don Herminio profesor, Lorena jefa UTP y otra profesora. Desde la escuela, bastó cruzar la carretera para comenzar a subir la pequeña loma. También hubo que cruzar un pequeño puente sobre un canal, el cual fue cruzado por la parte de afuera por uno de los alumnos mas inquietos del paseo. El stress comenzó a subir poco a poco. Luego, tomamos un camino estrecho donde había un perro amarrado muy agresivo. Los niños parecieron no tenerle miedo, ninguno se perturbó por la ferocidad del can. Yo un poco. Los perros, dicen, son el terror de los antropólogos. Si bien el cerro no es tan empinado, habían partes resbalosas, por lo que durante todo el trayecto tuvimos que estar muy pendientes de los chicos. También, cuando cruzamos unas cercas con alambres de púa. Llegamos a un primer descanso donde reposa una Virgen. Los chicos comieron fruta y tomaron agua y jugo. Desde allí ya se lograba ver con distancia y altura suficiente el pueblo. Carlo Pastor les hizo reconocer los distintos colores que se observaban en el paisaje. El día estuvo nublado por la mañana. Carlo les preguntó a los niños por qué el río no se veía azul, sino gris. La respuesta fue bastante obvia… porque el agua no tiene color y refleja el color que tenga el cielo. Pues es una pregunta que no me había hecho nunca. Me sentí un poco huevón, por decir lo menos. Luego seguimos subiendo. Poco a poco las profesoras fueron quedando en el camino. Una por cansada. Otra por que se quedó con un niño que sintió vértigo y tuvo que volver casi llorando. Y otra que me topé en el camino, inmovilizada, porque comenzó a imaginarse víboras en el piso, cosa que le producía un terror irracional. El único que siguió fue don Herminio. Avanzamos unos minutos ya más a campo traviesa y llegamos a un claro desde donde se podía dominar con la vista la Huerta de Mataquito y su entorno. Siempre me ha parecido interesante pensar desde el montañismo ese concepto: la vista como dispositivo de dominación.

En el claro, los chicos llenos de energía se sentaron por un momento. Carlo les paso blocks y lápices  a algunos para que dibujaran lo que quisieran pero que se encontrara en el campo visual de ellos, un árbol, un compañero, un paisaje, mientras, yo registraba el momento. Me detuve bastante rato observando a don Herminio que debe andar por los 65 años. Vi como él miraba el paisaje, parecía disfrutarlo. Después, comió una manzana y se puso a conversar con una alumna. Me pareció una persona libre, feliz. También pensé en lo difícil que es ser profesor sin caer en establecer una relación de poder, dictatorial con lo alumnos. Los niños son muy inquietos. Algunos mucho más que otros. La sala de clases en ese sentido sirve como espacio de orden y cumple la función de contener, retener, domesticar. Lo que, a mi parecer, está bien y esta mal. Siempre he pensado en por qué los alumnos salen tan poco a la naturaleza, pensamiento desde mi cómoda posición de no ser profesor. Ahora me doy un poco cuenta. Sin embargo, creo que les hace muy bien. Pero en todo momento pudieron ocurrir situaciones peligrosas. Inevitablemente me pongo a pensar en las contradicciones que conlleva la educación moderna, por supuesto se me viene a la cabeza Foucault. Vigilar y Castigar, libro que me cautivó en el primer año de la universidad. Como hacer para lograr el concepto tan manoseado de “alumno integral”. Por otra pega que he estado haciendo también, que se trata de observar salas de clases, hacer “etnografía de aula”, en los últimos meses me ha tocado observar comportamientos de niños, tarea que me ha hecho reflexionar y recordar bastante como era yo en esas edades… ¿cómo saberlo? Son mas bien emociones desde la sensibilidad, la altura desde donde se mira, la juventud del organismo, los olores desconocidos, en fin. Mientras me pierdo un poco divagando, Pastorito les cuenta una historia bonita. Los niños están sentados en el cerro mirando el paisaje.  Paul Cezanne durante gran parte de su vida, pintó desde un pequeño monte otro monte llamado Santa Victoria.

Él, a través de la pintura “tomó” muchas vistas de un mismo lugar, que fue parte de su vida, de su paisaje, Aix en Provence, Francia. Muchos años después de muerto, en la década de los 90, ese lugar que es turístico debido al pintor, se quemó. Las autoridades locales le encargaron a paisajistas y jardineros que tomaran como referencia las pinturas de Cezanne para reconstruir el lugar. El paisaje se restauró como una pintura: de una artealización in visu (desde la vista de la imagen pictórica, plana, bidimensional) a una in situ (concreta, real). Los chicos dibujaron mayoritariamente paisajes. Vistas abstractas desde la lejanía. Árboles. Pareciera haber una conexión secreta entre éstos y los lápices, como si no se quisieran desligar por completo. Luego volvimos por otro camino mas fácil para bajar. Yo me fui atrás de la fila india, cantando bachatas con los niños. La actividad culminó donde el “Huacho Daniel”, que es un negocio donde venden bebidas.

Luego del paseo nos fuimos a Villa Prat, pueblo que queda al frente de la Huerta, en la ribera sur del Mataquito. Nos dijeron que allí podríamos encontrar pan para completos. Efectivamente, en una panadería nos dijeron que se hacían por pedido y que los tendrían para la tarde. Ordenamos 30, 15 para cada uno (y pensamos que era poco!!).

Pasamos a buscar a Gabriel y nos reunimos con uno de los grupos de adultos mayores que hay en el pueblo. Nos juntamos a las 15:00 en la sede donde estaban reunidos, eran alrededor de 20 personas (como 1600 años de experiencia en la sumatoria). Nuestra intención era proponerles una caminata por La Huerta. La idea es sacarlos a hacer actividad física, rodear La Huerta que más o menos se puede hacer como en hora y media e ir comentando el paisaje y los hitos que podemos encontrar allí, como la antigua casa patronal que se encuentra cerca del río. Por supuesto, grabar todo el trayecto. Cuando nos pusimos a hablar en voz alta con los ancianos, olvidamos presentarnos. Dimos por hecho que ellos nos conocían por lo que partimos contándoles y pidiéndoles cosas. Mientras hablábamos, nos comenzamos a dar cuenta que no nos estaban pescando mucho. Todos sentados alrededor de una mesa, con sus fichas de lota en las manos, o no nos entendían o no querían entendernos. Carlo habló primero y lo vi un poco ofuscado. Pedí la palabra y traté de explicar el proyecto y quiénes éramos. La conversación se volcó hacia la relación entre niños y viejos. Nos olvidamos de contarles del paseo y de improviso surgió la idea (de parte nuestra) de que fueran la próxima semana a la escuela, al taller de pintura, a hablarles a los niños mientras pintaban una porción de la gran pintura que están haciendo de la Huerta. El trabajo del taller se trata de que los niños pinten la Huerta en el presente, como se la imaginan en el futuro y como la imaginan también en el pasado. Pensamos que era una buena idea llevar a los ancianos para que les relataran mientras pintaban como era la Huerta en la antigüedad. Parece que no les gustó mucho la idea. Comenzaron a haber voces por debajo como de descuerdo. En definitiva, a la mayoría les daba lata (por supuesto que no lo dijeron así) pero eso fue lo que percibimos. En todo caso, es solo una percepción. Fueron pocos los que hablaron. Pero aun así, nos quedamos con una sensación de rabia, extraña. Uno pocas veces siente rabia con los ancianos. Pero en realidad fue mas bien una rabia contra la situación, el “sistema” de los “clubes de adulto mayor”, su relación clientelar con los municipios, ese pragmatismo alimentado por las prácticas de hacer pequeños favores y regalos. Por supuesto que consideramos las cosas positivas que conllevan estos clubes, pero aun así se mantiene a la tercera edad relegada justamente a eso, su edad. Bingos, pequeños paseos, mantener a los viejos un poquito contentos, juntos entre ellos, que no se relacionen con el resto de la sociedad, es bastante obsceno la verdad. De todas maneras se dio una conversación interesante sobre las relaciones que mantienen con sus nietos, de hoy en día casi no verse, solo para hacerse cariñito y sentir un poco de lástima por ellos y después continuar con nuestras vidas. Bueno, a pesar de todo, quedamos en que, como los paneles de las pinturas son desmontables, llevaríamos la pintura para allá. Los niños deberán visitar la sede el próximo lunes, veremos que pasa.

A las 19:30 tuvimos nuestra función de cine-foro que desde hoy y todos los miércoles en adelante tendrá la comida como invitado de honor. Para esta ocasión tuvimos completos. Con anterioridad habíamos comprado el pan, la palta, el tomate, la mayo, el kétchup y la mostaza. Habíamos quedado la semana pasada de que algunos iban a llegar media hora antes de la función para ayudarnos a cocinar. Pues así fue. A la función llegaron alrededor de 20 personas. Pusimos una mesa grande en el centro de la sala, ahí el té, el café, las bebidas y los ingredientes. Como supusimos que la sesión se iba a ver bastante interrumpida por la hechura de los completos y demases, es que decidimos dar una serie de cortos. Nos habíamos conseguido en la Cineteca Nacional varias películas, entre ellas, un compilado de rescate de archivo patrimonial de documentales que trae: “Mineral El Teniente” de Salvador Giambastiani del año 1919, Funerales de Luis Emilio Recabarren, El Terremoto de Chillán de 1939, y el documental Andacollo de Nieves Yankovic y Jorge di Lauro de 1958. La velada fue muy entretenida.

Por Danilo Petrovich.

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