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Red Cultura
Residencia: Por las vías del tren Caldera, Atacama - 2018 Residente: Sebastián Vidal Campos
Publicado: 6 de noviembre de 2018
Bahía Chasco

Durante la semana hemos continuando asistiendo a actividades ya programadas con la comunidad. Digo –hemos –porque Aurora Rojas, compañera en la vida y colaboradora de la Residencia, arribó al Puerto de Caldera por unos días con el fin de conocer el territorio. No profundizo en esto porque ella escribirá una entrada para la Bitácora de la Residencia con sus propias reflexiones e impresiones acerca de lo vivido.

Por mi parte, he sentido la necesidad de abordar una problemática local que desconocía por completo, pero que no me sorprende en lo absoluto.

Es la mañana del 06 de noviembre y los chicos de Servicio País me hablan de una reunión que va a realizarse en el Centro Cultural Estación. Se trata de algo relacionado con la protección del Ecosistema de unas tortugas marinas. En mi ignorancia, yo pensaba que en la región no existían ni siquiera primos lejanos de Leonardo y compañía, mis dibujos animados favoritos de la infancia. Incluso, al despedirme, hago un mal chiste de que llegaría a la jornada con un antifaz morado en los ojos y un báculo, emulando a Donatello, en pro de la defensa de las tortuguitas.

Llegamos a la actividad a eso de las cinco, sin tener mayor certeza de lo que se iba a tratar en ella. Sin embargo, con el correr de los minutos, un clima de tensión que empezó a surcar el aire, me sugiere la idea de que se trata de algo bastante serio. Una joven que usa un blazer de color blanco y una camiseta de la Princesa Diana nos invita a pasar a la Reunión. Uno a uno, hombres del mar y residentes de la comuna, van haciendo ingreso a la antigua Estación.

Para no continuar este preámbulo tedioso, voy a tratar de ser más expositivo e ir al grano de una vez.  El SEA (Servicio de Evaluación Ambiental) ordenó realizar una Nueva Etapa (la séptima) de lo que ellos llaman “Participación Ciudadana”, con el fin de reevaluar un proyecto impulsado por el Consorcio Andes LNG (Shell, Mistui, Wärtsilä), pero tomando en cuenta los “cambios significativos” incorporados por la EIA (Estudio de Impacto Ambiental). Para ello, profesionales de la Consultora se han presentado esta tarde en la Estación Cultural, con el fin de mostrarle a la ciudadanía estos supuestos cambios y mejoras en el proyecto. Y es que, después del fracaso de la Termoeléctrica Castilla (años atrás), las grandes Compañías no se quedaron conformes y el año 2016 comenzaron la tramitación ambiental de un nuevo proyecto que pretende generar Energía Eléctrica en base a Gas Natural Licuado y considera, además, la construcción de un Terminal, Un Gasoducto (90 kms. de extensión), la Central Generadora y una pequeña inversión de US$ 650 millones. Todo ello en una pequeña Bahía Costera de la Tercera Región de Atacama, en una zona donde se producen las mayores floraciones del Desierto Florido y en cuyo océano crecen algas y pastos marinos fundamentales para la vida marina y por donde transita la Tortuga Verde (Chelonia Mydas) que migra desde las Islas Galápagos en busca de alimento y que se encuentra en peligro de extinción. Pero eso no es todo, ya que la instalación de un proyecto de tamaña envergadura en las inmediaciones de la Bahía Chasco (de ahí el título de esta entrada) no solo es perjudicial para el ecosistema y la biodiversidad marina. También lo es para aquellas familias de toda la región, que viven de la extracción de productos del mar. Solo en Caldera se sondean cifras que rondan el 50% de la actividad económica local en torno a la pesca artesanal. Y, claramente, estas gentes del mar se verían significativamente afectadas ante la irrupción de una mole que generaría energía, probable y exclusivamente, para beneficio de otro gigante como es la minería.

La reunión es intensa y dura casi cuatro horas. Y, a pesar de que los profesionales que representan al EIA han venido a venderle la pomada a los calderinos, contándole cuentos sobre progreso, empleos, capacitaciones, compensaciones económicas e impactos ambientales tan solo sustantivos, la gente del mar la tiene más que clara. Y al igual como hicieron con la Termoeléctrica Castilla, donde llegaron hasta la propia Corte de Apelaciones para impedir su construcción, advierten que llegarán hasta las últimas instancias para frenar un proyecto que, solapadamente, pareciera estar cocinado.

Al término de la reunión, junto a mi compañera, reflexionamos acerca de la situación acontecida y sobre la fatalidad de lo que acabamos de enterarnos. Y con una cierta cuota de angustia declaramos que vivimos en un país donde, por desgracia, impera el extractivismo. De camino a la casa de mis abuelos (sigo sin poder encontrar un arriendo) nos topamos con un mural donde destaca la presencia de una tortuga marina. Hace unos días había reparado en él y pensé que el dibujo del réptil era como una fe de errata que hacía alusión a un océano marino universal que no tenía nada que ver con las costas de la región. Me doy cuenta que estaba equivocado.

Mientras termino de escribir esta entrada, recuerdo un día de fines de febrero, el último verano en que, junto a Aurora, visitamos la Caleta de Chañaral de Aceituno, que está ubicada en la costa de Atacama, a dos horas al suroeste de Vallenar. La costa de la pequeña caleta es atravesada por la corriente de Humboldt, famosa por ser la ruta migratoria de las más grandes especies marinas. Se imaginará, quien lee este texto, a quienes me refiero. La primera vez que crucé el Estrecho de Magallanes, camino a la Isla Grande de Tierra del Fuego (hace poco más de tres años), el capitán del ferri anunció a los pasajeros sobre la presencia de una ballena. A lo lejos divisé el enorme chorro de agua que lanzaba desde su espiráculo y vi asomarse, tímidamente, su aleta dorsal. Espectáculo suficiente para hacer una reverencia en oriental señal de gratitud, hacia la majestuosidad de la naturaleza. Este año, a fines de febrero, en la Caleta de Chañaral de Aceituno, navegamos en una lancha comandada por un pescador y heredero de la etnia changa, por los alrededores de la bahía. El avistamiento de pingüinos Humboldt, delfines, lobos marinos y chungungos, fueron suficiente premio a los diez mil pesos que nos costó el paseo, el que fue conducido por los propios residentes de la caleta quienes, sin intermediarios ni empresas turísticas de por medio, nos guiaron por aguas ancestrales que conocen mejor que nadie. Pero había algo más que ver ese día. Sin duda, el premio mayor. A escasos metros de la lancha, una enorme Ballena Fin, la más grande después de la ballena azul, se dejó ver ante nosotros. El pescador apagó el motor de su lancha y todos los tripulantes nos quedamos en silencio. El corazón se acelera, el cuerpo tiembla, la respiración se entrecorta y es tan grande la emoción que sientes deseos de llorar, “como si una niebla marina te quitara el aliento y te inundara los ojos, al sentirte tan pequeño e insignificante frente a la vastedad oceánica”. (Frase inspirada en el poema Oceanía de Valparaíso de Pablo de Rokha)

Es probable que las semanas posteriores continúen las jornadas y reuniones en torno a la problemática puntualizada. Y aunque desconozco en absoluto cuál podría resultar ser nuestro rol en ello, tengo plena certeza de que aquello no nos debe ser indiferente. De momento, invocaré a Donatello y a mis héroes de la infancia y rogaré al mar para que ninguna Termoeléctrica ni Gasoducto se instale en la zona y, algún día, pueda ver a una tortuga marina continuar su viaje.

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