MINISTERIO DE LAS CULTURAS, LAS ARTES Y EL PATRIMONIO

BitácoraResidencias de arte colaborativo

Red Cultura
Residencia: Por las vías del tren Caldera, Atacama - 2018 Residente: Sebastián Vidal Campos
Publicado: 14 de marzo de 2019
Eufemia González, La Flor del desierto

Ya no nos queda nada de tiempo de residencia en el territorio y siento que seguimos sin poder dar en el clavo con los detalles que nos den como resultado un buen proyecto. Entre el mural que realizaremos junto a miembros de la Agrupación MDU y las cápsulas y fanzines que estamos grabando con parte de la comunidad calderina, dudo que nos quede energía y ánimo para algo más. Y por mi parte, sigo desconfiando de la naturaleza de las elecciones que conjuntamente tomamos. Por ahora, seguimos avanzando de la mejor forma posible para poder dar buen término a este largo proceso que hemos vivido en esta pequeña ciudad costera. Ya las cartas están sobre la mesa. Y solo queda engranar para que todo salga de acuerdo al plan.

Por otra parte, hoy fue el sexto ciclo de cine (oficial) en la casa de Seba Zúñiga. Nos comprometimos a una última función antes de irnos.  La cita es a la hora de siempre, a eso de las 10:30 de la noche. Sin embargo, nosotros llegamos mucho más temprano para ayudar a mi tocayo a ordenar, limpiar y disponer de la mejor forma posible los sillones de su living (con la esperanza de que a la jornada lleguen, a lo menos, unas 6 o 7 personas). También preparamos unos completos, lo que me recordó algunas tardes de domingo en que luego de tomar once con italianos y dinámicos, nos volcábamos al taller de la casa de mis padres (que en ese tiempo usábamos como living alternativo) a ver películas que eran un hit hollywoodense, o los clásicos videos “Cementerio Palpito” de Dinamita Show. Precisamente esta noche, mientras yo iba a comprar bebestibles para la ocasión, los primeros asistentes a la jornada se entretuvieron con el Flaco y el Indio. Extraña y nada de bucólica coincidencia.

Finalmente llegaron (incluyéndonos a nosotros tres) 13 personas a la proyección de “Eufemia González, la flor del desierto”, un mediometraje documental en el que José, Aurora y yo trabajamos hace ya muchos años (cuando aún éramos estudiantes). Pese a que es un proyecto “supuestamente acabado”, siempre me da un poco de pudor y miedo compartirlo con otras personas, ya que siento y creo que es un trabajo que merecía mucho más de lo que yo he podido darle hasta hoy. Sin embargo, con las dudas y todo, nos aventuramos e iniciamos la película a eso de las 11:15, considerando el anhelo de aquellos que verdaderamente manifestaron interés en poder ver un trabajo nuestro, en el que participábamos como “artistas creadores” y no como residentes solamente. La función por desgracia estuvo accidentada. Como nunca, el archivo falló y se comenzó a trabar casi a la mitad de la película. Yo pienso que la detuvo mi propio miedo, pues no dejaba de pensar que, solapada en medio de la proyección, había gente que no estaba interesada en ver nuestro trabajo y que estaba ahí realmente para juzgar y seguir poniendo a prueba nuestras capacidades. Y es que desgraciadamente, durante gran parte de nuestra residencia, me sentí bastante inseguro. Menciono esto porque si dijese lo contrario estaría mintiendo. Y porque, aunque sé que esa misma inseguridad me pudo haber jugado varias malas pasadas durante mi estadía en Caldera, todavía hacia el final de nuestra residencia creo que  parte de la comunidad nos sigue evaluando y juzgando. Sin embargo, a pesar de lo dicho, yo quiero dejar a un lado esos sentimientos negativos que me hicieron creer que debía demostrarle algo a alguien y terminar la residencia de forma honesta conmigo mismo, mi compañera, mi compañero y con los miembros de la comunidad que nos han apoyado desde el inicio de este proceso de aprendizaje.

Quizá no es el momento, pero estimo necesario poder reflexionar sobre este tipo de cosas. Porque quizá a muchos artistas les ha ocurrido algo similar en sus comunidades. Pero es fácil ocultar lo feo (incluso para uno mismo) y narrar con el discurso aprendido y apuntando hacia los objetivos que queremos lograr con proyectos de esta envergadura. En mi caso, yo soy extremadamente severo a la hora de juzgarme a mi mismo. Y en muchos aspectos considero que he fracasado durante esta residencia, y eso me ha llevado a reflexionar en los “por qué”. Y la palabra que más se me viene a la cabeza es “ego”. Condición que desgraciadamente es inherente al ser humano. Y para aquellos que nos jactamos o creemos que somos artistas, puede ser devastador el no saber medirlo. No quiero aburrir o dar la lata con este tipo de reflexiones, pero los viajes en carretera, en general, me ponen melancólico y me hacen iniciar soliloquios como este. Y en ese diálogo con el paisaje desértico que se cuela por la ventana, resumo que nuestra residencia en Caldera ha estado atravesada por el ego de muchas personas que necesitan ser escuchadas y validadas por el otro. Me sumo a ello, porque yo también necesitaba escuchar que íbamos por buen camino y que la gente que era parte de nuestro proyecto estaba feliz de estar ahí, y que le hacía sentido el proceso que estábamos llevando a cabo.

La proyección del mediometraje la pudimos continuar con un video que yo había subido “oculto” a la plataforma de youtube, pues no hubo forma de hacer correr el archivo nativo. Me dejó conforme la sensación que quedó en el aire luego del final. Siempre respiro aliviado después de compartir esa película con más personas. Y los comentarios y el diálogo que se gestó terminó siendo transversal a la zona y a la temática que abordaba el relato. Les cuento algunos detalles acerca de cómo fue el proceso. Les digo que ese trabajo lo filmamos el año 2010. Que junto a dos amigos hicimos “dedo” desde Santiago para llegar hasta Copiapó, y que la cámara, el trípode y un micrófono de pésima calidad nos los prestó un viejo amigo que ya está retirado de la producción audiovisual. Les cuento que la actriz Carolina Arregui nos dio el primer aventón, y que los camioneros Jaime “Rueda Loca” y Carlos Lencho nos trajeron hasta la región de Atacama. En ese tiempo solo quería grabar a una anciana que era mi bisabuela y conocer el desierto florido. Nunca pensé en hacer una película. Todavía no me creía capaz. Pero para bien o para mal, muchos años después nos aventuramos a tomar ese material filmado y convertirlo en este mediometraje. Eso ocurrió entre los años 2014 y principios del 2018. Desde la primera vez que postulé a un Fondo Audiovisual (sin éxito) hasta que el mediometraje fue proyectado en un emergente Festival de Cine en el archipiélago de Chiloé. Cuando inicié todo esto, todavía no había miedo. Entonces todavía no existía el ego.

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