MINISTERIO DE LAS CULTURAS, LAS ARTES Y EL PATRIMONIO

BitácoraResidencias de arte colaborativo

Red Cultura
Residencia: Por las vías del tren Caldera, Atacama - 2018 Residente: Sebastián Vidal Campos
Publicado: 31 de diciembre de 2018
Zarité y los últimos días del año

Nos reunimos en la Sede de MDU Sindicate a las siete de la tarde. El objetivo de la convocatoria es comenzar a dar forma al proyecto, en concreto, que comenzaremos a realizar junto a la comunidad. El término de año nos tiene a todos un poquito agotados. Diciembre ha sido un mes intenso para la mayoría. Sin embargo, el ánimo todavía se mantiene, pese a todo. Nos reunimos en círculo los diez asistentes a la reunión, y hablamos sobre regalos (tanto materiales como inmateriales) que recibimos y que deseábamos para la Navidad. Después de eso, les comento acerca del abandono oficial de “Yerko” (el muchacho que llamó a la radio, la primera vez que fui invitado como panelista al programa radial “Ordenando la Casa”, que cumplió 100 capítulos al aire, y con quien compartí espacio en varias otras instancias, tanto del programa como en otras actividades comunitarias relacionadas, o no, con el proyecto). El inquieto aspirante a músico, poeta y actor, decidió abandonar el proyecto debido a que su puntaje en PSU (tema que conversamos en un programa radial) fue insuficiente para con las aspiraciones que sus padres tenían para él. El fracaso en la prueba le otorgó, de esta manera, el castigo de arrebatarle aquello que más le apasiona, algo que él llamaba “arte”. Y Yerko, pese a considerarse un artista en su esencia más profunda, agachó (al menos por ahora) el moño y optó por obedecer a sus padres, quienes temen que su hijo siga perdiendo el tiempo en “tonteras” y, en un futuro, no sea más que un “muerto de hambre”. Aparte de eso, quizá existieron otros factores que desconozco (como la enfermedad de su madre), pero, cualquiera sea la razón, la deserción de Yerko (conocido en el grupo como KOYER) fue, para todos los presentes, un importante tema de discusión y reflexión, al inicio de nuestra jornada de trabajo. Y como ha sido tónica en las distintas dinámicas grupales en las que hemos participado, le enviamos todo nuestro “Ki” (nem, cosmos, energía vital, aura, etc.) en una palabra de aliento que concentramos fuertemente en un puño apretado.

La actividad del día consistió en separarnos en dos grupos: el primer grupo conformaría un colectivo artístico que nos presentaría sus aptitudes, capacidades y formas de trabajo, mientras que el segundo grupo conformaría la comunidad de un pueblo “macondiano” ubicado al interior de la zona geográfica perteneciente a la región de “Los Lagos”. Posterior a las presentaciones de ambos grupos, se pretendía generar un debate y/o choque de ideas que fuera en línea con la formulación de un posible proyecto (considerando las ideas que ya han estado pululando en las mentes creadoras de la comunidad del Bandejón Chorrillos). Digo, “se pretendía”, porque un simple descuido puede cambiar el devenir de todas las cosas.

Ni el colectivo artístico (que no lograba dar con un nombre), ni la ficticia “Caleta Mandinga” pudieron presentarse. La reunión acabó de golpe, tras oírse el grito/llanto lleno de dolor de una pequeña.

Zarité, una pequeñita de un año y medio (hija de la joven cantante Cherry Venus) que suele acompañarnos en las distintas jornadas de trabajo, dio vuelta sobre sí mismo una taza de agua caliente. Dirán que fue cosa de un segundo (que estos accidentes pasan), dirán que habíamos nueve adultos descuidados y torpes al interior de la sede, dirán (sobretodo) que fue culpa de su madre, por llevarla a esas reuniones y actividades que son una pérdida de tiempo, o por no estar más pendiente del cuidado de su pequeña. Dirán muchas otras cosas, los que allí no estuvieron.

Nadie sabía muy bien qué hacer (Ana, la paramédico del grupo, no pudo asistir a la reunión debido al exceso laboral del día). Pero, a pesar del caos, algunas personas fueron capaces de tomar buenas decisiones. Despojaron a la niña de sus ropitas calientes, le echaron agua en abundancia, mientras que otros llamaban a una Ambulancia o trataban de parar un auto. Por fortuna, frente a la sede y afuera de una iglesia evangélica, había un colectivo estacionado y su chofer, justamente, estaba dentro del recinto religioso, por lo que él mismo las llevó directo al Sapu. Yo me fui, junto a Jaime (amigo y miembro de la comunidad), detrás de ellas.

En el Sapu le dieron las primeras atenciones a Zarité, para posteriormente trasladarla a la ciudad de Copiapó. Mientras esperamos noticias de los paramédicos, comienzan a llegar los familiares de Cherry y la niña. Ya nosotros no podemos hacer más. Solo el resabio y la pena por lo acontecido y la angustia de no saber qué es lo que va a pasar con la pequeña.

Me separo del resto del grupo pasadas las diez de la noche. Camino un rato hasta alejarme del bullicio del centro y me siento en un roca en el borde costero. Pienso en que, desde que llegué, no me he bañado en la playa. Quizá me hace falta un poco de mar salado. Pienso que quizá me hace falta un cigarrillo, pero yo no fumo. También pienso que necesito hablar con alguien. Siento mucha frustración y pena en ese momento. Y también siento algo parecido a las ganas de llorar (pero no sería capaz de explicar aquello). Al cabo de un rato, de estar contemplando los botes de la bahía, decido ir a beberme una cerveza.

***

Es 28 de diciembre. Acabo de ir al hospital de Copiapó. Yo no soy familiar de la niña, por tanto no puedo verla. Trato de comunicarme con Cherry. En vano. Lo último que supe ayer por la noche fue que la niña no estaba tan mal. Que era una pequeñita fuerte. Pero que, probablemente, pasaría al quirófano al día siguiente. Su pechito era lo que tenía más afectado. Desde Santiago me llamó Ariel (Profesional Servicio País), a eso de la una de la madrugada, para decirme que me quede tranquilo. Él tiene un lazo afectivo con Cherry y con toda la comunidad, y puede que alguien le haya contado que se me vio muy afectado ayer por la noche. Agradezco su llamado, necesitaba hablar con alguien y no me esperaba que fuera con él.

Escribo la entrada número 14 de ésta bitácora y en este momento, es para mí una contradicción muy grande narrar acerca de este episodio. Cuando pensé en las posibles dificultades que podrían surgir durante la realización del proyecto, imaginaba una mala relación con la contraparte municipal, diferencias con los profesionales Servicio País, frustraciones personales por la baja asistencia a las reuniones debido a las actividades veraniegas, la falta de compromiso de los habitantes y/o no ser capaz de seducir a la población con la idea de un proyecto colaborativo. Pero lo que nunca imaginé fue que, en una reunión convocada por mí, ocurriera un accidente de esta envergadura.

Es media tarde. Por qué continúo escribiendo esta bitácora, me pregunto –desde la barra del bar de “La viuda”, en la ciudad de Copiapó, mientras espero que Cherry responda los mensajes que le dejé en su celular. Me contesto: primero, porque es el medio por el cual doy a conocer el trabajo realizado durante mi Residencia en Caldera. Para ello, debo evitar el uso de sarcasmos y de ofensas, usar términos y verbos apropiados (y palabras como fortalecimiento, comunidad, vínculo, lazos, desarrollo, proyecto, colaboración, etc.), y evitar la narrativa reflexivo-personal que no aporta al entendimiento de lo que, realmente, se está llevando a cabo en el contexto de residencia; segundo, escribo esta bitácora como un ejercicio de ego-personal que tiene que ver con mis pueriles intenciones literarias. Siempre me sedujo el formato de Bitácora (como posible medio verificador) porque pensé que el “artista” y/o “colectivo” tendría la facultad de fluir a través del texto y podría plasmar las impresiones del estado del proyecto, desde el ámbito que se les ocurriese. A mi me gusta la forma crónica-diario de vida (mitad Edwards-Bello, mitad Papelucho, mitad verdad, mitad ficción), y como últimamente no había escrito nada al respecto, pensé que la obligación de hacerlo (por convenio Residencia) me haría, de cierta forma, ejercitar y aligerar la mano; y tercero, escribo esta entrada número 14, y me extiendo más de lo normal (me había prometido ser conciso y enfocarme solo en el trabajo establecido en los márgenes del Proyecto), porque hace unas dos semanas, una muchacha (miembro de la comunidad del Bandejón Chorrillos) me envió un mensaje vía wathsapp que decía: “Acabo de terminar de leer tus bitácoras, y te escribo porque quizá cuando te vea y lo comente, no tendré esta misma sensación física y emocional, que agradezco, porque así se siente cuando te tocan el corazón. Gracias, no más”.  La autora de ese mensaje fue Cherry, joven cantante calderina y madre de la pequeñita Zarité.

Es fácil mentir y muy difícil ser honesto. A mí me gustaría ser más honesto en la vida, pero (como la mayoría de las personas) me la paso utilizando disfraces y caretas. En cambio, cuando escribo o cuando filmo, trato de emplear (lo más que puedo) la honestidad y poner el corazón en lo que estoy haciendo. Aunque todavía me da mucho pudor dejarme completamente al desnudo. Por eso me reservo ciertas conductas y emociones. Quizá por eso no soy un artista completo. Cito a Jenny, otra miembro de la comunidad del Bandejón Chorrillos, quien pidió que haya verdad durante el proyecto.

Finalmente, escribo esta entrada pensando en Zarité, en su madre Cherry, en su familia (que espero, no juzguen a quien no es responsable) y en todo el grupo de personas que hasta ahora me ha abierto (de alguna forma) las puertas de su casa o de su sede. Para que, si llegan a leer esto en lo futuro, sepan que gran parte de la “verdad” de mi proceso más personal durante la ejecución de esta residencia, está plasmado en estas bitácoras.

En este momento, horas en que much@s están pendientes de la salud de la pequeña, escribo mucho más tranquilo y seguro de que todo va a salir bien. Porque reconozco que, aunque casi siempre soy un tipo optimista que trata de relevar el aprendizaje por sobre las dificultades de la vida, ayer me sentí bastante disminuido. Sin embargo, durante la madrugada, Cherry me escribió que la pequeña Zarité (quien, durante las reuniones, me pide jugo o me da galletas de chocolate), es la más fuerte de todas. Y por ahora, con eso deseo quedarme.

***

Han pasado un par de días desde el accidente de Zarité. Es 31 de diciembre. Veo a Cherry, a la pasada en la plaza de Caldera, y me comenta que el panorama es alentador. Sólo una de las heridas que tiene en su pechito podría presentar algunas complicaciones. Sin embargo, la doctora que vio a la niña, contagió de entusiasmo a todos quienes se han preocupado por ella. Yo estoy más tranquilo al respecto. Es el último día del año. Desde ayer por la mañana me acompaña Aurora (mi compañera en la vida y en esta residencia a partir de ahora). Aún le quedan un par de situaciones pendientes en la capital, pero ya en un par de días podrá instalarse definitivo en el Puerto de Caldera. Es un alivio saber que ya no voy a estar solo en esto, que tendré con quien palear esta incertidumbre en relación al qué y cómo llevaremos este proyecto a cabo, considerando los últimos acontecimientos, y saber que alguien más podrá escribir estas entradas por mí.

Por lo pronto, sé que cuento con el apoyo de varios miembros de la comunidad, y que por ende, la responsabilidad es cada vez mayor, ya que por ningún motivo queremos decepcionarlos.

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