MINISTERIO DE LAS CULTURAS, LAS ARTES Y EL PATRIMONIO

BitácoraResidencias de arte colaborativo

Red Cultura
Residencia: Colhue, una nueva mirada Pumanque - Colhue, O'Higgins - 2019 Residente: Sebastián Andrés Vidal Campos
Publicado: 15 de marzo de 2020
Árbol de flores hermosas

Crinodendron patagua

 

“La Patagua evidente

condecora sus muertos

y teje sus familias

con manantiales aguas y medallas del río”

 

No sé con certeza en cuál de las antologías poéticas de Pablo Neruda aparecen estos versos. Pero la cuestión es que, más allá de citar al vate al pie de esta página, quiero dar fe de que existe un poema en el que nuestro nobel bardo se refiere a la patagua.

 

Aurora, cuando fue con Claudia al sector de “Las Viñas” a buscar piedras, me dijo que “La patagua” me iba a encantar. Y es que, de niño, me gustó trepar árboles y soñaba con tener una casa sobre ellos. Y como canta Jorge González, “eso no se nos puede olvidar”.

 

Hoy domingo por la tarde, nos fuimos al sector de “las Viñas” con Claudia, el Benja y el tío Manuel. La misión era traernos un tronco para nuestro proyecto. Almorzamos un rico plato de garbanzos que preparó la “Menche” (que es la mamá de Claudia) y partimos en “La Nave”. En el camino, la Clau nos cuenta que, cuando ella era niña, debía realizar todo el trayecto hasta la escuela a pie. Entre-paréntesis, Claudia tiene 35 años (apenas tres años más que yo). Así que, cuando el tío Juan me iba a buscar en su furgón escolar amarillo para llevarme a la Escuela 18, en la comuna de Independencia, a solo 250 kilómetros de Santiago, una niña en Colhue debía caminar por casi dos horas para poder cursar su enseñanza básica. Quizá a mí no me sorprende aquello, porque en mi peregrinaje por el país he podido palpar distintas realidades, pero hay muchas personas que no son capaces de dimensionar los “extremos contrastes” que están presentes en nuestra tierra.

 

La primera parada la hacemos frente a una patagua centenaria. Allí está –me dice Claudia. Pero, en medio del tupido follaje y la abundante vegetación yo no lograba distinguir nada. Hasta que, de a poco, me fui acercando a una especie de estero y me encontré con la majestad de este hermoso árbol.

 

No quiero pecar de “errata”, pero según los datos que recogí de internet, este árbol es endémico del país y su hábitat se distribuye entre la V y VII región. Sin embargo, en ese dato geográfico hay algo que no me calza con un texto que leí acerca de “La Patagua del Armisticio”, que es una especie de leyenda/mito sobre el término del conflicto mapuche en la zona de La Araucanía. Otra cuestión que me llamó la atención, al buscar bibliografía sobre la patagua, fue que dos poetas que se declararon enemigos públicos (Pablo de Rokha, en su “Epopeya de las comidas y bebidas de Chile” y Pablo Neruda en “Botánica”), la describen de una singular manera: el primero, para referirse a dramáticos y lluviosos atardeceres del Maule, y el segundo, para bordarnos una imagen que bien puede tener asidero en O’higgins.

 

En cuanto a mí, no soy poeta ni tampoco encuentro las palabras para describirla. Pero, en nuestro imaginario, no es difícil dar con el retrato que Claudia nos proyecta: Una familia bajo la sombra de esta inmensa selva, las cantoras y cantores desparramando sus cantos a lo divino, los vinos enfriándose en el estero y lxs niñxs chapoteando en sus aguas.

 

A pesar de que estoy próximo a cumplir 32 años, me trepo a las ramas de este enorme árbol. Llevo mi cámara para hacer tomas desde lo alto. Y mientras trato de mantener el equilibrio, un carpinterito me sorprende golpeando el tronco con su pico. Va de un lado a otro, dando saltitos y vuelos cortos, mientras entra y sale del nido que construyó. Fracaso en el intento de capturar buenas imágenes y, desde abajo, me llaman para continuar el camino.

 

Al cabo de un rato de andar en la “poderosa nave”, llegamos a la casa de la abuela de Claudia. La anciana vive en lo alto del valle, en un terreno privado que pertenece a antiguos terratenientes, junto a cinco de sus siete hijxs. El lugar me recuerda un poco a las zonas rurales de la Provincia de Última Esperanza. Y el quinteto de hermanxs, me trae a la memoria a algunos amigos que hice en la comuna de Torres del Paine.

 

En el sector, además de cabritas, cerdos, patos, pavos, caballos y gallinas, hay varias pataguas. Algunas inmensamente frondosas y otras lastimosamente muertas. En el estero no hay ni una mínima gota de agua que atraviese el cauce. Las vertientes y las aguas cristalinas del pasado de Claudia están enterradas en el fondo de la tierra. Y ante la escasez y el desvío, las aguas difícilmente alcanzan las obstinadas raíces de la “patagüita”.

 

Los tíos de Claudia cortan el tronco de una patagua seca y lo cargan en el carrito que está enganchado a “la nave”. No podemos quedarnos mucho tiempo en el lugar, para que no nos pille la noche de regreso. Acordamos venir en una próxima ocasión y preparar un asado de cabrito. El lugar es ideal para ello. Y, a pesar de la lejanía con el pueblo, es evidente que allí se conserva una atmósfera diferente y, a la vez, cargada de lo que solemos llamar “arraigo, sentido de pertenencia e identidad territorial”. Bastaban esas imágenes para que todo el proyecto vaya cobrando una carga mucho más simbólica.

 

De camino a Colhue pasamos a saludar a la Chela (otra anciana del lugar). Mientras conversamos, nos convida uvas de su parra y –con permiso suyo y de la jovencita –chuchea a gran parte de los y las habitantes del pueblo. También quedamos de hacerle una nueva visita, ya que, para la mateada que realizamos hace un mes atrás, se quedó con el vestido planchado y los crespos hechos, esperando a que alguien la fuera a buscar para llevarla hasta la sede donde, esa tarde, nos reunimos.

 

Ya de vuelta en Colhue, como es habitual, atardece de un modo absurdo y rojo. Recupero la señal de mi teléfono y las noticias, provenientes de la capital, parecen no ser tan buenas.

 

Pienso en la patagua. Quisiera describirla en un solo verso, sin tanta retórica, o, tal vez, en una sola imagen fija, sin tanta grandilocuencia y/o aparataje técnico. Rescatar su esencia y ser capaz de representarla. Pero me doy cuenta de que eso no lo estoy haciendo yo. Tampoco lo hicieron Carlos y Neftalí, en el pasado. Esa construcción, genuinamente simple y cotidiana, la está haciendo la propia gente del lugar. Ahí el valor que tiene esta “Nueva mirada de Colhue” y la re-significación que, los diálogos y reflexiones de la comunidad, le han aportado a este proyecto.

 

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