MINISTERIO DE LAS CULTURAS, LAS ARTES Y EL PATRIMONIO

BitácoraResidencias de arte colaborativo

Red Cultura
Residencia: Colhue, una nueva mirada Pumanque - Colhue, O'Higgins - 2019 Residente: Sebastián Andrés Vidal Campos
Publicado: 9 de enero de 2020
Lugareños (Parte II)

El restorán de Don Checho

 

 

Pasan los días, casi como una copia del anterior. Lentos y aletargados como los domingos a los que cantaba Mercedes Simone. Observo, sin más, los rincones del pueblo, caminando sus calles de asfalto y tierra. Observo, solamente, no sé si por timidez o porque lo aprendí en mi formación “formal” como cineasta: primero observar el lugar y luego ir familiarizándose con los lugareños, como lo hiciera R. Flaherty (en sus inicios en el cine documental), para luego dar paso a la historia que queremos contar; O, en nuestro caso, para poder llevar a cabo un proyecto con la comunidad.

 

El Restaurant “El Tufo” se encuentra cerrado. Rosita y Samuel aún no atienden gente, por lo que debo buscar otro lugar donde almorzar. Comer maruchan y pan todos los días, pese a que me recuerda a mi época de tesista, no es muy saludable. Y como aún no tengo donde cocinar en casa, busco un lugar para comer afuera. Han pasado tres días, por lo que quizá ya es hora de forzar un diálogo con alguien del poblado. Aparte de mí, hay dos mesas con gente. El restorán es muy ameno, pese a que el noticiario me recuerda que estamos en un país llamado Chile. Pido mechada con quínoa (para palear mi mala alimentación de los últimos días). Escucho a las personas en la mesa del lado conversar. Un hombre lleva una camisa celeste con el logo de la Ilustre Municipalidad de Pumanque. Y habla con funcionarios del Gobierno. Comentan sobre la crisis que vive el país, y profundizan acerca del monumento que viste la entrada del pueblo. Al parecer, el último tiempo, ha cobrado relevancia el “homenaje” a Pinochet. Me dan ganas de intervenir, en más de una ocasión, pero me contengo. Temo por mis impulsos, y generar una imagen conflictiva de mi persona. Pero, finalmente, me consuela saber que no solo para nosotros (mi compañera y yo), dicho monumento sea tema. Me quedo solo en el restorán, de nombre “El Mestizo”. Cruzo dos o tres palabras con Kathy, la dueña y quien atiende, cancelo mi cuenta y salgo a caminar. Se suicida el sol detrás de los cerros. Otro día más que casi muere en el poblado. Vuelvo a recorrer las mismas calles: Bernardo O’higgins, Doctor Brown, 11 de septiembre, Rosario. Me detengo en una esquina de esta última, en un restorán semi-vacío. Dudo en entrar, y me doy otra vuelta a la manzana. Al pasar nuevamente por el lugar, finalmente me animo a ingresar. Un hombre bebe junto a la ventana mientras un viejo con muletas le sirve otra “piscola”. Pregunto si está atendiendo, considerando que ya casi se hace de noche. Don Sergio, el dueño, me invita a sentarme y me saluda, a la antigua, extendiéndome la mano y diciéndome su nombre. Lo mismo el hombre que bebe: “Carlos Arévalo”, mucho gusto –señala y, en seguida, me ofrece algo para beber y me invita a sentarme junto a él. Yo le acepto una cerveza y me siento en su mesa. Al rato aparece “Doña Juana”, esposa de Don Sergio y patrona del restorán. Ella se ubica detrás de la barra. Ese parece ser su lugar. Luego entra otro señor, cuyo nombre no recuerdo, y se pone a charlar con la mujer. Doña Juana le da el pésame por la reciente muerte de su hermano. La conversación gira en torno al cáncer. Yo les escucho hablar, simplemente. Don Carlos pide su tercera “piscola” y cada vez entiendo menos lo que dice. Entonces, recién al cabo de cuatro días en el pueblo, las preguntas se tornan hacia mí. Trato de explayarme, lo mejor que puedo, luego de haber estado tantas horas en silencio. Mientras le cuento, a los ancianos dueños del restorán, lo que vine a hacer al pueblo y lo que son las Residencias de Arte Colaborativo, entran otros tres hombres a la cantina. Sus aspectos me llaman, profundamente, la atención. Me saludan cortésmente, mientras hablan con Don Sergio acerca de una noria que están limpiando en la parcela de una viuda. Luego de eso pasan a la parte trasera del lugar llevándose una botella de pisco. Don Carlos se les suma. Yo continúo con mi cháchara y sigo conversando con el matrimonio de ancianos. Ellos, a su vez, también me cuentan de su vida en Pumanque y sobre sus hijos. Sin querer, terminamos hablando de la contingencia actual del país y, a pesar de discursear sobre su desinterés en la política porque: “si no trabajan, nadie les da de comer”, hay cosas que no dejan de desconocer que están muy mal en Chile. Por ejemplo, la escasez hídrica y el saqueo del agua, que a nadie del mundo rural ha dejado indiferente y es un conflicto importante en el pueblo. Me entretengo, sobremanera, con la longeva pareja, mientras se va adentrando la noche. Decido irme, pero me detienen dos hombres que habían entrado al lugar a compartir una botella. Se interesan por lo que digo y continúan haciéndome preguntas. Me invitan una cañita de un vino de la zona. En ese momento, y luego de mandar a Don Carlos a su casa en un “uber personal”, vuelven a entrar los tres hombres de los trabajos en la noria. Discuten con otro lugareño que les insinúa que son inútiles, debido al tiempo que han demorado en “hacer la pega”. El trío responde con una invitación a trabajar con ellos al día siguiente, pero todo queda en nada. El hombre conflictivo se marcha. Yo pretendo hacer lo mismo, pero esta vez me detienen los mosqueteros, a quienes debo repetir la historia de por qué estoy en el pueblo. Me invitan a servirme otra caña de vino y luego otra más, mientras me aseguran que pueden conseguirme un mejor lugar para vivir y a mucho menos precio. Otro de ellos me habla de la presidenta del Club de Adulto Mayor, y me dice que me concertará una reunión para que pueda conversar con ella. Cantan los gallos a la medianoche, mientras bebo el último sorbo del famoso vino “Macaya”. Me despido de la gente que, ahora sí, repletaba la entrada del restorán. Los hombres de la noria me dicen sus nombres, al estrecharme la mano. Mientras camino de regreso a casa, acompañado del silencio sepulcral de la calle Cementerio, yo comparo el parecido que tiene este trío de lugareños con unos amigos de Cerro Castillo, en Torres del Paine, y reflexiono: En el poblado de Pumanque, todavía hay hombres que se llaman Reinaldo y Romelio

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