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Red Cultura
Residencia: Colhue, una nueva mirada Pumanque - Colhue, O'Higgins - 2019 Residente: Sebastián Andrés Vidal Campos
Publicado: 13 de enero de 2020
Para poder llamarla “casa”

 

Mejorando el entorno donde vamos a vivir

 Junto a Aurora y Franco, mi hermano menor, viajamos desde Santiago en un “furgón panadero” cargado de cosas para amoblar las piezas que arrendamos y hacer del espacio donde viviremos, un sitio más confortable y ameno.

 

Para ser honesto, el lugar no nos convence mucho. No solo por el poco espacio, que sería lo de menos, sino que también por la poca intimidad que nos entrega el lugar. El año pasado, en nuestra Residencia en Caldera, logré conseguir un lugar parecido al que conseguimos hoy y, con Aurora, fuimos capaces de adecuarnos a lo que “había”, considerando los altos costos en los precios de arriendo debido a la temporada estival. Sin embargo, el lugar que conseguimos entonces, pese a las similitudes dimensionales, era mucho mejor, en todo sentido, que nuestra morada actual.

 

Creo que tomé una decisión apresurada, es verdad. Y puede que me haya ganado la ansiedad, teniendo en cuenta el apremio del tiempo y las ansias por comenzar a trabajar en el territorio sin mediar distracciones. Quizá por ello quise resolver lo más pronto posible el tema “vivienda” y, sin pensarlo dos veces ni consultarlo con mi compañera, tomé la primera opción concreta que se me presentó. A veces suelo guiarme por la intuición, sin analizar mucho las cosas. Y lo que sólo debía ser una elección doméstica, terminó generándome un conflicto interno al darme cuenta de que había cometido un error. Lo peor de todo es que, durante nuestra primera semana en Pumanque, varios lugareños me hablaron de otras posibilidades de arriendos (antes desconocidas para nosotros). Pero ya había pactado con Samuel y Rosita e incluso ya les había cancelado, por lo que, al menos el primer mes, ya no tenía posibilidad de retractarme.

 

Para tratar de enmendar el error, viajamos a Santiago a buscar muebles y utensilios domésticos. Mi hermano nos acompañó en dicha empresa. Trajimos mesa, sillas, cocinilla, tubo de gas, frigobar, loza, alfombra, un closet chino, etc., etc.

 

Demoramos casi tres horas en llegar. Mucho menos tiempo comparado con el bus de la empresa Nilahue. Bajamos las cosas y las subimos hasta el segundo piso de la casa de la Calle Cementerio. De las 5 piezas que hay en la planta alta nosotros ocuparemos dos: una habitación y una cocina. Las otras tres piezas están vacías, al menos por ahora. Sin embargo, la posibilidad de que sean arrendadas por otras personas, ya sea por día o mensual, es un hecho. En fin, a pesar de todo, nos lo tomamos con calma y confiamos en que si no nos sentimos cómodos nos podremos volver a cambiar de casa. Teniendo en cuenta que, poco a poco, vamos generando mayor vínculo con la comunidad y que se nos podrían presentar, en lo futuro, nuevas y mejores opciones.

 

Nos ponemos manos a la obra y al cabo de un rato, el lugar parece otro. Mucho más acogedor y confortable. Pienso en mi época en el puerto de Valparaíso (la “puta pobre” como la llamaba un profesor de la universidad) y le recuerdo a Aurora: “que, en esa época, la mayoría de los estudiantes de cine vivíamos en lugares como éste, y que los más afortunados alguna vez tuvimos vista hacia la bahía”. Y me acuerdo de una serie de reportajes llamada “Patiperros” que daban en el TVN: el capítulo en el que un chileno aventurero se mudaba a la “ciudad luz” (o “puta rica”, como la llamaba un profesor de la universidad) a vivir en un cuarto en el que había un retrete al lado de una improvisada ducha, pero que tenía una ventana que observaba los techos de la romántica París.

 

Mi hermano nos tiene que dejar pronto. Lamentablemente no nos podrá acompañar una noche, porque al día siguiente tiene una entrevista de trabajo. Con Aurora preparamos algo frío para comer (mañana pretendo instalar la cocinilla y comprar un gas), y celebramos con un vino de la zona, haber hecho de estas dos piezas un lugar mucho más confortable, al menos por ahora.

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