MINISTERIO DE LAS CULTURAS, LAS ARTES Y EL PATRIMONIO

BitácoraResidencias de arte colaborativo

Red Cultura
Residencia: La ruta  ancestral de la memoria del agua Los Alamos, Biobío - 2019 Residente: Daniela Andrea Pizarro Torres
Publicado: 13 de febrero de 2020
Componer los huesos, componer la tierra

Mi sustancia es un vértigo de aguas fijas de curso irremediable…

José Kozer

 

 

Algunos debemos mantener, a diario, una relación con nuestro cuerpo a través del dolor. El dolor a veces nos entrega sabiduría; otras miedo, oscilación entre la vida y la muerte, o un retiro del mundo, meditación.

El día martes pedimos conocer a la Señora Chinda (Florencia), la componedora de huesos de Antihuala. Pensamos en la palabra “componer”… componer huesos; no recomponer… desde sus acepciones formar, crear, unir una palabra, una nota, con otra y otorgar significado. La persona sabe, ante todo, de sus manos. Estas se dirigen a los cuerpos para hacer de su moldura un cuerpo otro; se toman las piezas, se piensa en ellas, se compone algo nuevo.

Preguntando llegamos a su casa, a pasos de una iglesia. Es una mujer pequeña, de manos pequeñas, y ojos claros. Lleva alrededor de cuarenta años viviendo en Antihuala. Su historia es similar a la que conocemos: tras el traslado de su familia por el cierre minero, llega a la comunidad de Los Álamos. Su recepción es amable, algo curiosa, se refriega las manos mientras pregunta qué necesitamos. “Es la espada”. Mira con curiosidad, nerviosismo, quizás, dice pues está acostumbrada a trabajar con esguinces, torceduras, nos explica; sin embargo, acepta revisar, “hacer lo que se pueda”.

Levantar la camisa. Sentir sus dedos recorrer cada vértebra. La espalda demasiado torcida para componer, dice. Algo encuentra. Dos vértebras levantadas. El cuello, otra cercana al coxis. Una crema, la yema de sus dedos giran.

Mientras la señora Chinda compone, preguntamos más sobre su historia. Curiosamente, desde nuestra distancia, hemos escuchado a las personas evangélicas, dispuestas a conversar con nosotros, que su religión se relaciona con la sanación. Su hijo, hoy un hombre de más de cincuenta años, sufrió un accidente antes de llegar a Antihuala que lo dejó con un brazo inmóvil. Tras consultar con varios médicos —quienes proponen tratamientos que no les es posible pagar—, la señora Chinda observa a un vecino que compone con agua; sienta a la persona en una clase de piscina y baña las partes fracturadas. Ella, cuidando de su hijo, piensa que podría intentarlo. Busca una tinaja y lo sienta. Con el agua, acaricia largo tiempo su brazo, entra con sus dedos mojados, dentro de sus huesos… hasta que el brazo recupera su movilidad. Es cuando ella, nos cuenta, escucha la voz de su Dios quien le dice que este es un regalo que debe proteger. Desde ese día empieza a servir a la comunidad. Lleva décadas siendo componedora de huesos.

Las vértebras bajan, la piel que las recubre se suaviza. “Es lo que puedo hacer” nos señala, mientras cubre la columna con otra crema. Al volver la camisa a su lugar, dice: “A veces estoy cansada, me gustaría detenerme a esta edad, pero Dios no me ha permitido abandonar mi don”. Es el único momento en que nos damos cuenta que este cansancio alumbra su rostro, como si el claro de sus ojos fuera parte de su dolor. Hay algo aquí que tratamos de entender en esta relación entre el cansancio, el trabajo y la religión. Imaginamos que, como con cada persona, hay una verdad incomprensible. También una distancia, pero que no detiene nuestra capacidad de escucha.  Preguntamos por el precio, pero la Señora Chinda no cobra. “No puedo cobrar por lo que hago; Dios así lo dijo”. Le ofrecemos dinero de todas formas, no para ella, sino para la ofrenda de su iglesia; éste si lo acepta, y con gratitud, nos despedimos.

Nuestra siguiente invitación, por personas que hemos conocido, era una exposición en la Junta de Vecinos sobre la situación del agua en el territorio y sobre el efecto entre la industria y la tierra. La tarde se pone más fría que de costumbre, pero adentro hace calor, quizás por todas las personas que esperan por esta charla. Esta comienza con el río Caramavida, ya que es el que suministra de agua a Temuco Chico y a Antihuala. La charla está encabezada por Esteban, un hidrólogo en formación. Antes señala que en Chile esta especialización no existe, ante lo cual reflexionamos que, hoy, esta es más necesaria que nunca.

Comienza explicando lo “Antropozoico”; término que Antonio Stoppani, geólogo del siglo XIX, utiliza (a muy grandes rasgos) para introducir una nueva era en la historia de nuestra tierra, que se caracteriza por el impacto global que los humanos han producido en el ecosistema. No es un concepto sencillo de explicar en pocas palabras, pero invitamos a quienes leen esta bitácora a buscar más sobre este concepto. Es importante, dado el énfasis que hace Esteban en relación a esta palabra y a cómo el ser humano ha interactuado con el agua.

Luego se dirige a los árboles; “defensa de los árboles” como escribiría Luis Oyarzún. Los árboles son importantes en el ciclo de la tierra porque estos toman el agua, y sudan la lluvia; el bosque transpira mientras el viento desplaza las nubes hacia muy bajas temperaturas. Por eso, nos explica, la vitalidad de nuestros glaciares, el hielo, origen de nuestros ríos, y las aguas que brotan desde el suelo, el deshielo, de la cordillera de la costa, la cordillera de Nahuelbuta. Este suelo, continua, es vital para la fluidez del ciclo, por eso el monocultivo nos afecta, ya que destruye la materia necesaria para el curso de las aguas; se pierde la tierra de hoja lo cual no permite que nuestra vegetación autóctona crezca… lo cual guarda estrecha relación con los Mapuche y las desaparición de las plantas medicinales, el Lawen. Por eso el contraste entre la industria y la cultura. Una intenta su destrucción, otra su preservación. Es el agua y el viento lo que permite mover los nutrientes necesarios en la dirección correcta… bacterias, seres vivos, algas, pasto del río, insectos, peces… toda la energía que sostiene el equilibrio entre flora, fauna y el abastecimiento de agua para la población.

Vuelve a enfatizar que el monocultivo es una enfermedad que se sostiene por el saqueo del agua; destruye la diversidad. Los datos que nos facilita con plantaciones de monocultivo son: 58 por ciento de la provincia de Arauco; 82 por ciento de la comuna de Curanilahue; 65 por ciento de la comuna de Los Álamos. A raíz de este porcentaje, se nos explica el impacto que ha tenido la relación entre la industria del carbón y la forestal; se rellenan humedales que cumplen una función fundamental en la ecología. El humedal es el riñón del planeta. Si no entendemos los verdaderos significados entre naturaleza y territorio, por difícil que sea, el cálculo de los manejos territoriales e industriales, no se pueden hacer las cosas bien. Mantener el bosque nativo para la sobrevivencia de pueblos y de la tierra es ya radical. En otros países es delito ambiental disminuir los bosques nativos; el trabajo forestal debe estar mixturado, dejar el espacio suficiente para la plantación nativa, lo que en Chile no ocurre; es un descuido histórico.

Necesitamos de nuestra agua, de crear bosques comestibles, bosques curativos… como las manos de la señora Chinda, necesitamos componer, recapacitar sobre la industria a diario. Mantener el bosque es vital en distintos niveles: el primero; proteger el inicio de las quebradas y comprar producción local. Luego; entender los recursos legislativos de protección. Por último; crear no solo consciencia, sino organización social  territorial. Pensamos aquí, por ejemplo, en todas las personas que marchan por el medioambiente; aquellos cientos de personas, el dinero que se va en campañas de concientización de los ciudadanos. ¿Por qué, si hay una verdadera preocupación, no se convierte este gesto en mirar lo que realmente nos afecta y crear organización social? Si es fundamental la crisis del agua, ¿podemos mirar vastamente nuestro país, territorio por territorio? ¿Enfrentar, nacionalmente, lo que debemos para no monopolizar la vida? Entenderá el lector porque fue fundamental asistir a esta reunión; sin estos conocimientos, estaríamos vetando, desde nuestro trabajo, una mirada crítica, fundamenta, sobre la memoria del agua.

 

 

 

 

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