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Red Cultura
Residencia: La ruta  ancestral de la memoria del agua Los Alamos, Biobío - 2019 Residente: Daniela Andrea Pizarro Torres
Publicado: 16 de febrero de 2020
Cordillera de Nahuelbuta

El domingo decidimos conocer uno de los pulmones más importantes alrededor de la zona: la Cordillera de Nahuelbutan (Nahuefütra). Tanto se ha escrito sobre la belleza de esta cordillera, que no habría palabras nuevas para hacer un registro fidedigno que dé cabida a este lugar en nuestro recorrido; trataremos de pensar en su significado para nuestra Residencia. “Como el eco / mi alma / se adentra por espesos bosques / Como el eco / mi ánimo / se revuelca por aguas turbulentas / escribe el poeta Leonel Lienlaf en su libro Epu Zuam.

La cordillera genera un sentimiento de que va más allá de la nostalgia (desde el dolor) al entender cuál era su extensión pasada y lo importante que es, pero fue, para el país. Similar al sentimiento de las dunas, Nahuelbuta choca en su contraste. Edgardo Flores y Tomás Rivas escriben en Desafíos del turismo y control de la conservación de la biodiversidad que “Nahuelbuta ha sido históricamente afectada por las intervenciones antrópicas” y que “desconocemos posiblemente mucho más de lo que imaginamos, no sólo en cuanto a su número de especies, sino también sobre su distribución, su biología y su ecología”. Tanto se ha debido sostener para su protección, tanto para proteger su fauna y su flora: pewenes, colihues y arrayanes, solo por nombrar pequeños ejemplos. Relumbran las grandes araucarias que se expanden por la cordillera.

Esta es, de cierta manera, una de las rutas ancestrales más importante de la memoria de las aguas; como si ésta fuese el liquen que empieza que a cubrir los árboles más y más al adentrarse a la cordillera; una máscara de nieve, guardando y previendo a la tierra del agua por la humedad.

“Debemos ir preparados para realizar un largo camino a través de pinos y eucaliptos, mucho terreno erosionado, vertientes secas, y nacimientos de agua rodeados de estas especies exóticas; todo esto para llegar a pequeños fragmentos de bosque nativo que luchan por sobrevivir” escribe Silvia Concha en el libro Cordillera de Nahuelbuta e Isla Mocha, Chile.

Nuestro recorrido comienza relativamente temprano; 9:00 de la mañana. Está a cargo de Rodrigo Bravo (Trongol Ecotour, emprendimiento de Ecoturismo Sustentable), y  de Joaquín Seguel y Álvaro Gallegos (Arauko Indómito, Dinamizadora de proyectos de Turismo). Nos pasan a recoger, emprendemos el camino en un furgón. Como bien señala Silvia Concha, el camino de monocultivo, hasta llegar a la entrada de la Conaf, es extenso.

Nuestros tres guías proponen este circuito como una experiencia meditativa, de desconexión, para extender el oído y la mirada hacia la esencia de la cordillera. Caminamos, entonces, como práctica estética, práctica de meditación. Podemos oír los pájaros que habitan en los árboles; el llamado del chucao, el eco que produce el pájaro carpintero al buscar larvas en los troncos. Hojas, insectos, reptiles, cortezas.

En el camino se toman pausas para escuchar las enseñanzas de Rodrigo sobre lo que nuestros ojos encuentran; por ejemplo, cómo reconocer la edad de una araucaria, cómo reconocer su columna vertebral, cuál es la diferencia de suelo donde crecen las de Nahuelbuta y las de la Cordillera de la costa; entender por qué una de las araucarias más antiguas del lugar (dos mil años) puede sobrevivir con una cueva en su interior.  Ir junto a ellos, entonces, es cómo recorrer deviene en enseñanza.

Llegamos al mirador Piedra del Águila. Pedimos nuevamente al lector imaginar, desde gran altura, verdes mixturados que se extienden como un mar. Imaginar, en esta altura, la otra costa; los volcanes de provincias cercanas. Luego, tras construir este suelo, las araucarias, sus brazos, su rostro de pulmón, y cómo ellas han observado nuestro territorio por miles de años.

Recibimos almuerzo preparado entregado por nuestros guías. Luego, Rodrigo nos invita a realizar una meditación en un espacio alejado de turistas.

El fin del trayecto tiene un giro. Termina en Caramávida, en la casa de Sandra García, de quien leeremos, esperamos, pronto. La esencia de un proyecto de turismo asociativo —economía circular como escuchamos de Felipe— es incorporar más emprendimientos de los habitantes de la comuna. Es por esto que la comida de cierre termina en una casa, donde podemos compartir nuestras opiniones en una mesa. La comida es preparada por una mujer llamada Sandra, Presidenta de la Cooperativa de Caramávida, la cual también integra a personas que trabajan distintos productos. Sistematizar una economía comunitaria es cultura reivindicativa, característica de quienes intentan crear nuevos caminos dentro de este territorio.

Antes de partir, conversamos con Rodrigo, Álvaro y Joaquín. El trabajo que realizan está guiado no solo por el amor y el cuidado al territorio, su naturaleza, y la violencia que genera ver las tierras reducidas por la explotación; el proyecto también intenta, como explicamos anteriormente, generar nuevas posibilidades de trabajo estimulando la economía local dando a conocer productos y servicios de trabajadores independientes. El trabajo asociativo, nos cuentan, es visibilizar un desarrollo sostenible, brindando educación, poniendo en valor al trabajo de personas que estarían escondidas detrás de un turismo hegemónico si no hubiese organización comunitaria.

Ahí reside el potencial turístico; una especie de turismo que no interviene o explota la zona, sino más bien preserva y estimula el cuidado por la naturaleza, protege el patrimonio natural y cultural de la Cordillera de Nahuelbuta, de su provincia; un turismo que reúne al pasajero con la comunidad. Para ellos, esta cordillera es un arca donde están todas las especies de aves, plantas e insectos de su territorio. Es un pulmón para el país. Nos permite respirar. Nos provee agua. Si se pierde su ecosistema, cierran, estamos cada más cerca de perder en esta oscilación entre la vida y la muerte.

 

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