MINISTERIO DE LAS CULTURAS, LAS ARTES Y EL PATRIMONIO

BitácoraResidencias de arte colaborativo

Red Cultura
Residencia: La ruta  ancestral de la memoria del agua Los Alamos, Biobío - 2019 Residente: Daniela Andrea Pizarro Torres
Publicado: 24 de febrero de 2020
Relaciones

“El camino lo hace espíritu libre / sobre el telar de la sangre / que busca, que sueña / que llora de impotencia / mirando cómo se escurre / sentimientos entre los dedos / palpar la tierra / dejar correr el agua formando una pradera / tengo sed, tengo hambre de sabiduría / donde se esconde / la primavera del arco iris de mujer / la memoria del corazón / el camino de mi telar azul / y sobre las montañas / bailar con mis hermanos”; escribe Jeanette Huequeman, en su poema Búsqueda (Kintun). Comenzamos con este poema dado que, tras volver a nuestro laboratorio el 21 de febrero y retomar nuestro trabajo de estaciones —que se vuelven a poblar— empezamos a reflexionar sobre las relaciones de nuestras próximas actividades a venir: el 29 de febrero, bicicletada y recolección de basura en la Laguna Antihuala (cuyo afichaje ha comenzado) y las cartas contra la violencia del 8 de marzo —con la exposición del archivo y la cartografía textil—en la Plaza Central de Los Álamos.

No podemos definir con exactitud los nexos que se establecerán en ambos acontecimientos; se pueden organizar, pero no pronosticar; sin embargo, el motivo de ambas actividades se anudan por la violencia y cómo podemos dirigirnos a ella desde nuestro territorio.

La bicicletada, específicamente, tiene por objetivo limpiar la basura que rodea la laguna, basura que se acumula por sus visitantes que aún no comprenden lo importancia de llevársela y el nivel de contaminación que ésta genera; el peligro que los residuos significan para la fauna, especialmente las aves, que llegan cada año, y el porcentaje de agua que contamina una colilla de cigarro. Pero, mayor aún, insistiendo en la violencia, ver cómo se impone el monocultivo que se instala cerca de los bordes de las aguas que es también una violencia física, natural y simbólica ante la imponente corporalidad que significa para el territorio la industria forestal, cuando no se aprende a convivir a partir del cuidado de un recurso natural que es la urdimbre más cercana a permanecer con vida. Antiguamente fueron los aserraderos, hoy la industria forestal. Si pensamos en una comparación entre una lata y el tamaño de pinos y eucaliptos, nos ponen en una escala sobre cuánto daño puede hacer una persona y una industria.

Vinculamos así, la milenaria empresa económica, cultural, transversal, territorial y universal que ha construido el machismo, la dominación y la misoginia a través de la violencia; pensamos, a través del golpe, de esta dislocada fuerza, una de nuestras primeras preguntas: ¿quién habla por el agua?, pero también ¿quién habla por el cuerpo silenciado?, ¿quién habla por las cuidadoras, las mujeres enfermas?, ¿quién le escribe —desde la mudez que aparece muchas veces tras la violencia— al agresor?  Y quizás no se escuchen aún todas las voces, pero frente al terror, golpes, muerte, sequía, traumatización, están los cuerpos que resultan de la embestida; cuerpos que pueden resguardarse en un silencio. Nuestro ejercicio, desde la acción, propone estimular el cuidado y la sanación.

La actividad del 8 de marzo es un ejercicio que da palabras a las heridas, y a la vez observar cómo un trabajo se articula a través del vínculo que genera un colectivo, un grupo de confianza. En las cartas, el resguardo del anonimato puede permitir que la persona que forzosamente anida, en terror, la violencia en la mudez, pueda encontrar un espejo en la reflexión ajena sobre una temática que, en el territorio, es difícil de trabajar; tanto desde el abuso de poder, como desde el abuso que otros han ejercido sobre el agua. Nos proponemos entonces desanudar esta mirada crítica, estética, pero desde la movilidad del cuerpo (bordando/pedaleando/escribiendo) para pensar y hablarle al agresor que pareciese inamovible, enquistado en la tierra, en la profundidad del agua. Sin expectativas, queremos entregar la posibilidad de abrir el pensamiento y, nuevamente, profundizar en la escucha, dar lugar a la relación entre el cuerpo y la letra, en el acontecimiento de una clase de recuerdo establecida por el victimario, lo cual, significativamente, deja un camino que es avance y herida, si se logra fracturar. Queremos transmitir el cuidado que pueda crear cada persona en relación a sí misma, un camino propio quizás, pero junto a otras y otros, para relacionarse amorosamente con la compañía contenedora que vive potencial y latentemente en la comunidad, aunque aún no aparezca. Volvamos a leer: “El camino lo hace el espíritu libre sobre el telar de la sangre que busca, que sueña”.

 

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