MINISTERIO DE LAS CULTURAS, LAS ARTES Y EL PATRIMONIO

BitácoraResidencias de arte colaborativo

Red Cultura
Residencia: Tesoros del Cerro Andacollo, Coquimbo - 2019 Residente: Claudia del Fierro
Publicado: 5 de diciembre de 2019
El minero que hacía barcos de papel

A don Guillermo Castillo lo hemos conocido en nuestro primer viaje en agosto. Felipe Vicencio, el encargado de cultura de la Municipalidad nos recomienda hablar con él porque conoce a mucha gente, especialmente a los cultores tradicionales de Andacollo, además es músico y concejal.  Ahora retomamos contacto, a propósito de que nos enteramos que su familia es de Churrumata. Hemos estado intentando organizar un encuentro de memoria sobre Churrumata, idea que surgió desde el trabajo de memoria local que Cecilia ha estado haciendo en la biblioteca y queremos colaborar con ese proceso, conocer primero a los Churrumatinos que aún viven en Andacollo. En un principio Cecilia intentó contactarnos con la junta de vecinos de Nueva Churruata, pero ese encuentro aún no se concreta, y mientras tanto seguimos indagando. Nos encontramos con don Guillermo el domingo, durante la feria de las agrupaciones vecinales en la plaza y concertamos una entrevista para el miércoles.

Nos juntamos en la Casa del Encuentro Ciudadano y estamos preparados con grabadora, ya que sabemos que don Guillermo maneja mucha información y es un gran conversador.

Nos acomodamos en la sala de reuniones. Ivo comienza la conversación con algunas preguntas.

 

Don Guillermo Castillo Véliz nació en la localidad de Churrumata, en la finca El Gomero, el año 1955. Sus padres también nacieron ahí, así como su abuelo, quien fue pequeño industrial minero e inventor. Su padre fue minero, frotador en trapiches y falleció joven, al parecer por la exposición permanente a los gases. En Andacollo la vida era sana– afirma, pero las condiciones de trabajo eran brutales. Los jóvenes a las 13 o 14 años eran expuestos a labores durísimas, como el oficio del huinchero. La carga de los capachos de 50 a 80 kilos, por ejemplo, era un trabajo brutal. Lo que valía era la producción y se veía al ser humano solo como mano de obra. Se le daba muy poca importancia a la educación, desde los 10 años los niños iban a la mina y los sacaban del colegio. Había escuela eso sí. En 1932 se crea la escuela 121 de Churrumata, la que hoy es Patricio Lynch en la problación Nueva Churrumata. Nosotros fuimos 10 hermanos y todos sacaron su 4to medio, porque mi padre siempre decía que la plata se terminaba, pero la educación no.

 

Por razones de la ceguera don Guillermo fue enviado a Santiago a los 10 años, a estudiar a la Escuela de ciegos del Estado, en el internado. Y cada verano volvía a su pueblo, a empaparse de su cultura. Estando lejos tenía más sentido de pertenencia.

En Churrumata se crearon muchos campamentos mineros, con la llegada de los trabajadores que habían quedado al cierra de las salitreras. Entonces había mucha variedad de gente y se producía mucho intercambio cultural, había mucho sentido de pertenencia a este lugar, donde todos llegaban, porque se podía vivir de la minería. Había mucho espíritu comunitario.

La gente de Churrumata era aperrada y muy solidaria. La misma pobreza nos unía. Era una pobreza estructural, pero no era una pobreza económica, porque se ganaba plata. Pero por un tema cultural, esa plata muchas veces iba a parar a los ¨chincheles¨ y otro tipo de diversión por parte de los hombres. Estaba muy enraizado el machismo, y si había violencia intrafamiliar, eso se callaba.

Por la misma condición de pobreza, se compartía mucho: los chirpes se remiendan pero las tripas no, decía la gente, y este dicho todavía se mantiene en Nueva Churrumata. Te sirven una buena mesa, que no se note pobreza. También se compartía lo que daba la naturaleza, aparte de la minería la mayoría de la gente tenía huerta y animales. Nunca faltaba el pan.

Y eso también pasaba en Andacollo- continúa con Guillermo. Si un hombre no tenía patrón, se levantaba y partía al cerro, y el cerro le daba, aunque fuera medio gramo, y con eso se paraba la olla. Andacollo era una ciudad minera y de un fervor religioso Mariano, más que Cristiano. También era una cultura de autogestión y autosustentabilidad. Era muy común también la crianza de cabras, entonces uno tenía el cabrito, la leche, el queso.

Le preguntamos por los cuentos locales. Nos asustaban con la leyenda de La llorona, La lola– nos comenta- que también se enraizó en Churrumata, cuentan que salía por las noches por las quebradas de Andacollo y que lloraba. Decían que pasaba por donde había oro, otros decían que se había suicidado por amor, otros que era la mujer del diablo. Y así nos hacían acostarnos tempranísimo, porque después empezaban a pasar cosas raras. La llorona, los fantasmas, los duendes. Hay muchas leyendas de apariciones. De la gallina con pollos, por ejemplo, que sale y cuando uno la va tomar desaparece, pero te lleva para donde hay oro. Todas las leyendas están enfocadas a encontrar los yacimientos de oro. El otro mito que ha ido desapareciendo, es la fatalidad de que una mujer entrara a una mina. Se creía que algo malo podía ocurrir, o que se echaba a perder la mina. Ahora eso ya no es tan así, hay mujeres mineras. Antes no se permitía trabajar el 10 de agosto por ningún motivo, porque es el día de San Lorenzo y el santo se podía molestar. Entonces alguna fatalidad podría ocurrir. Andacollo es un pueblo muy alegre, pero estamos siempre con la fatalidad y con el inmediatismo. Hay que disfrutar lo que da la mina ahora, porque mañana no se sabe si seguiremos aquí. El minero vive con una compañera permanente y esa compañera es la muerte. Y también mucha gente que sufrió accidentes y sobrevivieron, se lo adjudican a la Virgen, a milagros de la Virgen.

Pasa la mañana y seguimos conversando. Nos enteramos de la música tradicional, el himno de Andacollo y ¡del Vals de Churrumata! ¿Y cómo define la identidad Andacollina? -preguntamos. Don Guillermo nos canta una canción que él mismo compuso y que ganó el festival de la Voz de la Montaña. Lo que nunca fue se llama, y es sobre un hombre de Andacollo, un minero, que sueña con irse a la mar, hace barcos de papel y mira a las estrellas. Don Guillermo se emociona, ahí ha intentado plasmar la identidad local, los hombres con su voz de cobre, soñando con otros horizontes.

Ya va ser hora de almuerzo y salimos a la calle, don Guillermo nos lleva al negocio de la señora Laura, también oriunda de Churrumata, para conversar sobre un posible encuentro. Detrás del mostrador, entre su colección de imágenes de Felipe Camiroaga, doña Laura tiene una foto antigua de su primera comunión: ella y su hermana tomadas de la mano entre un grupo de niñas y al centro, el pequeño Guillermo de terno, el único niño. Algo veía cuando chico, nos comenta don Guillermo, todavía me acuerdo de las niñas.

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